Óperas súbitas Crónica de un pequeño accidente musical
- Compañía Nacional Ópera Contemporanea
- 5 mar
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Actualizado: 11 mar
Crónica de un pequeño accidente musical
Las óperas súbitas nacieron en 2008, aunque en realidad comenzaron antes, en ese territorio ambiguo donde empiezan las ideas: una mesa, un plato de quesos, galletas saladas y un grupo de compositores jóvenes que todavía no sabían exactamente qué estaban haciendo.
La invitación había surgido de Isaac Bañuelos y Margarita Muñoz Rubio, quienes buscaban presentar un proyecto artístico dentro de las actividades paralelas de la Conferencia Mundial sobre el VIH que ese año se realizaría en México. La consigna inicial era simple y a la vez peligrosa: invitar a varios compositores jóvenes a hacer algo. Nadie sabía exactamente qué.

Recuerdo haber llegado a la casa de Margarita, en Coyoacán, una tarde que parecía cualquier otra. En la sala ya estaban sentados algunos cómplices: Víctor Mendoza, Jean Angelus Pichardo, Emmanuel Vázquez, Gabriel de Dios yo José Carlos Ibañez y algunos más que iban entrando y saliendo como personajes de una novela que todavía no se había escrito.
Había música en el aire, pero también algo más: una especie de conspiración amable. Mientras discutíamos ideas, alguien cortaba más queso, alguien abría otra caja de galletas, y entre bromas, desacuerdos y silencios comenzó a tomar forma algo que no existía todavía.
Al principio no era una estética ni un manifiesto. Era más bien una sospecha:¿y si escribíamos pequeñas óperas?¿óperas rápidas?¿óperas que pudieran aparecer de repente, casi como un accidente?
El nombre llegó —si la memoria no traiciona— en la segunda o tercera reunión: Ópera Súbita.
No porque fueran improvisadas, sino porque debían surgir con una energía directa, urgente, casi inmediata. Pequeñas piezas escénico-musicales que pudieran nacer sin el aparato monumental de la ópera tradicional.
Después de eso cada quien regresó a su guarida.
Cada compositor empezó a reunir a sus propios músicos, a convencer a cantantes amigos, a buscar espacios, a escribir con esa mezcla de entusiasmo y desorden que tienen los proyectos que todavía no saben si van a existir realmente.
Así comenzaron a aparecer las primeras óperas súbitas: pequeñas criaturas escénicas, cada una distinta, cada una con su propio temperamento. Algunas eran intensas, otras absurdas, otras parecían pequeños experimentos teatrales que apenas cabían en un escenario.
Lo importante era otra cosa: la sensación de que algo estaba ocurriendo.
Con el tiempo, ese formato se convertiría en una forma de producción operística independiente: obras de cámara, de corta duración, pensadas para explorar nuevas relaciones entre música, escena y dramaturgia sin las limitaciones estructurales de la ópera tradicional.
Pero en aquel momento —en esa sala de Coyoacán llena de platos y partituras imaginarias— todo era más simple.
Éramos un grupo de compositores jóvenes tratando de averiguar si todavía era posible escribir ópera en el siglo XXI.
Y la respuesta, por suerte, parecía ser sí.
Años más tarde, en 2021, el formato volvió a aparecer como esos personajes que regresan a mitad de la novela. Retomé la idea de las óperas súbitas en el proyecto “Tres visiones sobre la rebeldía”, en colaboración con los compositores Eduardo Caballero y Jorge Sosa Ortega. Cada uno escribió una pequeña obra escénico-musical que retomaba el espíritu original del formato: brevedad, intensidad y libertad para experimentar con nuevas formas de teatro musical.
De algún modo, aquello que había comenzado entre quesos, galletas y discusiones interminables en una casa de Coyoacán seguía vivo.
Como si las óperas súbitas, fieles a su nombre, tuvieran la costumbre de aparecer de pronto.



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